Eran las cuatro de la mañana del 30 de abril de 1994 cuando Carlos Moreno Fernández, 52 años, empleado de limpieza, esperaba sentado en una parada de autobús del barrio madrileño de Hortaleza. Había visitado a una amiga, como hacía cada viernes. Esa noche decidió volver en bus para ahorrarse el taxi. Sería la peor decisión de su vida.
Dos jóvenes se acercaron a él. Le pidieron el dinero, como excusa para sacar los cuchillos. Carlos se resistió. Le arrastraron hacia el parque que había detrás de la parada. Lo que ocurrió allí durante los siguientes minutos conmocionó a toda España —aunque por razones completamente equivocadas.
EL JUEGO
Javier Rosado Calvo era estudiante de Química en la Universidad Complutense. Inteligente, arrogante, frío. Había creado un juego al que llamó Razas: un sistema de puntuación para asesinar a personas según sus características. La víctima valía más puntos si era joven, mujer, o si ofrecía resistencia. A diferencia de los juegos de rol reales —donde todo es ficción y narración—, Razas no tenía dados, no tenía tablero, no tenía nada de imaginario. Era un manual para matar en la vida real.
"El rol me repugna. Solo he jugado a Razas. Es un juego inventado por mí, en el que no interviene el azar. El tiempo no existe, el acto carece de importancia, la persona carece de importancia."
— Javier Rosado, declaración ante el juezFélix Martínez Reséndiz tenía 17 años y vivía en Chamartín, el mismo barrio que Rosado. Era más joven, más impresionable. Lo que la investigación revelaría después es que Félix admiraba a Javier de una manera casi total. Le obedecía en todo.
LA NOCHE
La noche del 29 de abril estaban en casa de Félix. Afilaron los cuchillos. Se pusieron guantes de látex. Trazaron un plan: buscarían a una mujer joven en el parque. Si no encontraban a nadie adecuado, valdría un adolescente o una persona mayor. Tenían que terminar antes de las cuatro y media de la madrugada.
EL PÁNICO MORAL
Cuando la policía registró el dormitorio de Javier Rosado, encontró más de 3.000 libros: manuales de ocultismo, obras del Marqués de Sade, libros de Hitler, revistas paranormales, quince cuchillos... y, entre todo eso, varios manuales de juegos de rol. La prensa española se lanzó sobre ese último detalle como si fuera la clave de todo.
El periódico El Mundo publicó el 9 de junio un artículo titulado Una necrosis similar afirmando que los juegos de rol producían "necrosis fulminantes en los tejidos de la cabeza y del corazón" y promovían la psicopatía asesina. España entera creyó que el culpable era el rol. Los miles de aficionados a estos juegos vieron cómo su afición era demonizada de la noche a la mañana.
El problema es que Rosado nunca jugó al rol. Él mismo lo dejó claro ante el juez: el rol le repugnaba. Su juego, Razas, no tenía nada que ver con los juegos de rol de fantasía que jugaban millones de adolescentes en sus casas. Era un sistema psicopático inventado desde cero por alguien que ya quería matar antes de inventar ningún juego.
"La muerte de Carlos Moreno no estaba vinculada al rol, sino a las ansias de matar de Javier Rosado y a la fragilidad de voluntad de Félix Martínez."
— Tribunal Supremo de España, sentencia STS 632/98LA SENTENCIA
El juicio captó la atención de toda España durante tres años. El 18 de febrero de 1997, la sentencia fue clara: Javier Rosado fue condenado a 42 años y 2 meses de prisión por asesinato, robo y conspiración para el asesinato. Félix Martínez, con el atenuante de ser menor de edad en el momento de los hechos, recibió 12 años y 9 meses.
En 1998, el Tribunal Supremo confirmó la sentencia y, en su resolución, dejó por escrito algo fundamental: los juegos de rol no tuvieron ninguna responsabilidad en el crimen. La culpa era exclusivamente de Javier Rosado, un psicópata frío y sin conciencia, y de la debilidad de voluntad de su cómplice.
¿Qué fue de ellos?
Javier Rosado solicitó el tercer grado en 2007. Se lo denegaron. Pero el Código Penal obligó a concedérselo en marzo de 2008, tras haber obtenido permisos puntuales durante años para presentarse a exámenes universitarios. Sí: estudió mientras cumplía condena. Félix Martínez, una vez cumplida su pena, se marchó a Alemania procurando alejarse de los medios y reconstruir su vida.
El daño colateral del caso fue enorme. Durante años, los juegos de rol fueron vistos en España como algo peligroso, oscuro, vinculado a la violencia. Padres que prohibían a sus hijos jugar. Colegios que los confiscaban. Un pánico moral construido sobre un error periodístico que tardó casi cinco años en corregirse oficialmente.
El caso inspiró varias películas: El corazón del guerrero (Daniel Monzón), Nadie conoce a nadie (Mateo Gil) y el telefilme Jugar a matar (Isidro Ortiz), que se basó directamente en la historia de Rosado y Martínez. Todas alimentaron el mismo mito que la sentencia del Supremo había desmentido.
LO QUE EL CASO REVELÓ
El Crimen del Rol no es la historia de un juego que volvió loco a un adolescente. Es la historia de un psicópata que usó la estética del juego para dar forma a algo que ya llevaba dentro. Y de una prensa que necesitaba un culpable sencillo, comprensible y aterrador para titulares que vendieran.
Carlos Moreno Fernández tenía 52 años, tres hijos y volvía a casa un viernes por la noche. No era el objetivo que Rosado quería. Él mismo lo escribió en su diario. Eso lo hace, si cabe, aún más perturbador: murió por ser el primero que apareció.